Procusto era el hijo de Poseidón y se le describe, en la mitología griega, como un posadero que invitaba a los viajeros a descansar. Para ello les ofrecía el que pasaran la noche en su posada. El comportamiento de Procusto no era bondadoso ni gentil, en realidad era monstruoso, pues buscaba encontrar a alguien que se ajustara exactamente a la longitud del lecho que ofrecía.

Si el viajero que hubiese aceptado su invitación, era más grande que el lecho, entonces el cruel Procusto mutilaba las extremidades inferiores del infortunado viajante, o si por el contrario, era más pequeño, entonces lo sometía a tormentosos estiramientos hasta lograr que alcanzara el tamaño de la cama. Con ese método terrible, el posadero buscaba ajustar a los visitantes a su idea de lo que debía ser la medida perfecta que debían tener todas personas, y esa era precisamente, la medida del lecho de su posada.

Este pasaje de la mitología griega se aplica para aquellas personas que padeciendo de un delirio patológico o de una arrogancia inconmensurable pretenden reducir y ajustar la realidad del universo vital -que es tan complejo de comprender y tan imposible de conocer a plenitud- a las pequeñas dimensiones de un pensamiento obsesivo.

No pretendo abordar los significados que el mito del lecho de Procusto tiene en la clínica médica, específicamente, en el de las patologías de la mente, pues más bien me quiero referir a los terrenos de la irracionalidad política.

Para ese propósito pondré, por ejemplo, el caso del presidente Donald Trump, que rechazando la realidad que se vive en su país, construye una propia, que es tan absurda como la de señalar a los migrantes, especialmente a los mexicanos, como los culpables de muchos o de todos los males que experimenta la sociedad estadounidense.

Esta insensata visión trae consigo otra mayor: si se levanta un muro en la frontera sur de su país para con ello impedir el ingreso de los migrantes mexicanos, entonces se resolverán en automático los problemas de la economía, la inseguridad, la violencia, del desempleo que afectan al conjunto de los estadounidenses.    

Pero Trump no es el único presidente que quiere ajustar la realidad a sus disparatados pensamientos, pues, para nuestra desgracia, también lo hace el presidente de México. López Obrador frecuentemente se abstrae de la realidad que vive nuestro país y que padece la gente, para desde su mente construir otra que es completamente falsa. Veamos, por ejemplo, esta declaración hecha incluso antes de asumir formalmente la presidencia de México: “Con la consulta que decidirá el futuro del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM), se termina con la corrupción”.

La cancelación de las obras del aeropuerto fue, según López Obrador, la acción estratégica con la cual se “ha terminado con la corrupción”. Así, con esta ofuscación, el presidente construye una realidad del país que esta cercenada, mutilada, para ajustarla a sus delirios, tal como lo hacía Procusto con sus huéspedes.

Y lo mismo observamos hace unos días respecto a las cifras sobre la violencia que vive el país. El presidente no acepta las cifras de muertes violentas que día tras día se suceden en el territorio nacional, aún sean aquellas que elaboran sus propios colaboradores, y no las admite porque “él ya decretó el fin de la guerra en contra del narcotráfico” y la consecuencia de ello, según su alucinante lógica, implicaría el fin de la violencia en México. 

¡Si la realidad no se ajusta a su pensamiento, entonces que se joda la realidad! 

La secuela de ello, será acusar al periodista Jorge Ramos y al periódico Reforma de ser parte de un complot para descalificar a su gobierno. 

Pronto, muy pronto, la gran mayoría de las y los mexicanos seremos parte de una conjura en contra del presidente.