Nomen est

omen Omen est nomen

-Pura López Colomé

Tómate dos minutos antes de leer este ensayo y busca en Google (o cualquier otro buscador): mujeres científicas, científicas o mujeres en la ciencia. En el caso de la plataforma sugerida se despliegan diez “páginas” que navegan através artículos periodísticos que, desaforadamente y con todo motivo, buscan reivindicar -o sustraer sentido- a la historia de las mujeres en la ciencia. 

También aparece un apartado en Wikipedia (Sin autor, p.1) que inicia con una alegoría a la nobleza y el encanto femenino – desastrosamente nombrado- de las científicas: «Las mujeres han contribuido notablemente a la ciencia desde sus inicios». 

En la cúspide de la jerarquía algorítmica, Google despliega un carrusel fotográfico de las que se consideran las científicas “más importantes” hasta el día de hoy. 

Todo esto podría considerarse como una victoria de la lucha feminista que se dá desde el Siglo XIX con mujeres como Sandra Harding, que en su libro Ciencia y feminismoposiciona el quehacer de la ciencia en una estructura social machista (Aparicio, p. 1)[1]: «el feminismo afirma también que el género es una categoría fundamental en cuyo ámbito se asignan significado y valor a todas las cosas, una forma de organizar las relaciones sociales humanas. Si considerásemos la ciencia como una actividad plenamente social, empezaríamos a comprender las múltiples formas en las que, también ella, se estructura, de acuerdo con las expresiones de género. Todo lo que media entre nosotros y ese proyecto son las teorías del género inadecuadas, los dogmas del empirismo y una importante proporción de lucha política» (Harding, p.57).

Sin embargo, en la aparente conquista del discurso político en el campo científico, existe un sesgo racista que parte de la epistemia y la estructura propia de la sociedad occidentalizada con sus estilos cognitivos. 

De forma frontal tendemos a precarizar el conocimiento o los aportes científico-sociales de comunidades indígenas y africanas -o afrodescendientes-[2], que de manera milenaria han convivido y extraído cualidades de la naturaleza para modificar su entorno e impulsar la estabilidad de la salud en sus comunidades[3].

En América Latina, por ejemplo, existe una cuantiosa población afrodescendiente[4]que, es importante puntualizar, tiene un origen trágico y violento. La herencia de pensamientos y actitudes excluyentes contra dichas comunidades ha trascendido épocas, cambios culturales y hasta paradigmas económicos. Uno de los ejemplos más aviesos se sitúa en la esclavitud que se ha extendido a lo largo de varias épocas. Incluso en la actualidad la invisibilización laboral, los panoramas precarios y la trata transatlántica de personas africanas (ahora para comercio sexual) se distingue por su magnitud y su carácter eminentemente racial. 

Pero el efecto de la violencia racista no es exclusivo de dichas problemáticas, en el discurso científico – actualmente de la ciencia y el feminismo- también se manifiesta. Si de por sí las científicas, comparadas con los científicos, son prácticamente invisibles -por no decir inexistentes-, la población de mujeres africanas, afrodescendientes e, incluso, indígenas, está totalmente olvidada. 

La ausencia de los nombres de las científicas africanas en el espacio social que busca respuestas, hipótesis o soluciones en la ciencia, provoca un estado de marginación, violencia (que puede ir de lo laboral a lo privado) y precarización epistémica. 

Es por ello que resulta fundamental retomar -o tomar- a algunas mujeres de orígenes caleidoscópicos para estudiar y re-conceptualizar el mundo socio-científico. Por enlistar a algunas pondré a: Katherine Johnson (física, científica aeroespacial y matemática), Dorothy Johnson Vaughan (matemática, especialista en computación y en programación) y Mary Jackson (Matemática e Ingeniera aeroespacial). Las tres fueron científicas afroamericanas, de mediados del siglo XX, que trabajaron en programas aeroespaciales, en institutos relacionados para el Comité Asesor Nacional para la Aeronáutica (NACA) y/o la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio (NASA). 

Pero es preciso evitar la superficialidad del encanto nebuloso de la información inmediata, para exhumar la indiferencia del discurso excluyente e indagar entre las brillantes y turbias carnes de la historia en el desarrollo de la ciencia, con el fin único de comprender que más allá de un título profesional, las científicas han existido siempre como sanadoras, creadoras, teóricas y desarrolladoras. 

Ellas también han hecho del mundo un lugar de múltiples significados y posibilidades. Han limpiado la putrefacción de heridas hediondas y profundas que se abren en el cuerpo lapidado de las sociedades humanas. 

Fue Leona W. Chalmers con su copa menstrual en 1930. Hedy Lamarr con las bases que dieron fruto al Wifi, desarrolladas durante la Segunda Guerra Mundial. La jeringuilla manual para uso médico creada en 1899 por Letitia Geer. O el fabuloso invento de Patricia Bath, quien además fue la primera mujer afroamericana en recibir una patente con finalidades médicas, el Laserphaco Probe que se utiliza, entre otras cosas, para las operaciones de cataratas. Los que por tiempo, ingenio, ímpetu, creatividad y una innegable inteligencia se fundieron en el tejido semántico de las realidades contemporáneas como inventos imprescindibles para la humanidad. 

«El feminismo liberal, el feminismo marxista y, quizá incluso, las ramas más doctrinarias de los feminismos radical y socialista de mitad de los años setenta carecen de unos esquemas conceptuales lo bastante ricos y flexibles para captar la adaptabilidad histórica y cultural de la dominación masculina, ni sus capacidades camaleónicas para prosperar dentro de otras jerarquías culturales, como el clasismo y el racismo» Elena Casado Aparicio

FUENTES

[1] Anónimo. (última modificación en 2019). Mujeres en la ciencia. 31/05/2019, de Wikipedia. La enciclopedia libre. Sitio web: https://es.wikipedia.org/wiki/Mujeres_en_la_ciencia

[2[ Elena Casado Aparicio. (SF). Ciencia y Feminismo . 31/05/2019, de Política y Sociedad Sitio web: file:///C:/Users/usuario/Downloads/26285-Texto%20del%20art%C3%ADculo-26304-1-10-20110607.PDF

[3] Sandra Harding. (1996). Ciencia y Feminismo . España: Morata.

[4] CEPAL, UNFPA Y OPD. (diciembre de 2017). Situación de las personas afrodescendientes en América Latina y desafíos de políticas para la garantía de sus derechos. Archivo, 121, 189. 

[5] Investigación local, compilada por las mujeres afrodescendientes de la comunidad La Delfina, Valle del Cauca. (2012). La plantas medicinales, de condimento y aromáticas desde la perspectiva del saber local.. Colombia: Centro Náutico Pesquero de Buenaventura SENA, Regional Valle.


[1]«El género individual, socialmente construido, es una forma de identidad cuya correlación con la realidad es, con frecuencia, imperfecta», Elena Casado Aparicio [2]

[2]De acuerdo con el documento Situación de las personas afrodescendientes en América Latina y desafíos de políticas para la garantía de sus derechos, emitido por la CEPAL, la población afrodescendiente de América Latina y el Caribe está constituida principalmente por los descendientes de las personas africanas esclavizadas durante la trata o comercio esclavista, que se dio en la región durante casi 400 años. Si bien se trata de grupos diversos, como resultado del proceso esclavista y de reproducción de las desigualdades consolidadas a partir de la creación de los Estados, las poblaciones afrodescendientes latinoamericanas padecen el racismo y la discriminación estructural. 

[3]La plantas medicinales, de condimento y aromáticas desde la perspectiva del saber local. Compilado por las mujeres afrodescendietes de la comunidad de La Delfina, Colombia:  https://repositorio.sena.edu.co/bitstream/11404/2586/1/Las_plantas_medicinales.pdf

[4]Se estima que entre 1500 y 1867, alrededor de 12,5 millones de personas fueron esclavizadas y trasladadas desde África hacia América y que casi la mitad de este tráfico ocurrió en el siglo XVIII, configurando la mayor empresa de deportación transoceánica de la historia [4]

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