Galería diversa

Junto con una serie de ofensas que denotan el ansia del agresor por acabar con la existencia de la víctima, las últimas palabras que escucha un homosexual antes de ser asesinado es “pinche puto”. Esto me lo relataron muchas víctimas de violencia homofóbica y transfóbica en los años que cubrí noticias sobre crímenes de odio.

El origen de ese odio radica en la animadversión hacia la homosexualidad. Los asesinos culturalmente aprendieron a odiar a través de discursos religiosos, medios de comunicación, reuniones familiares, en el trabajo, e incluso en la escuela, ámbitos en los que durante mucho tiempo se calificó como jotos, maricones, y machorras a quienes tenían una orientación sexual distinta a la heterosexual.

La homofobia es una conducta socialmente aprendida y culturalmente heredada y replicada por las personas. Es una manera de diferenciar lo común y aceptable, que es la heterosexualidad, de lo diferente, que es la homosexualidad.

El común denominador del odio homofóbico es la violencia física o simbólica que genera exclusión, rechazo, patologización y la estigmatización desde los espacios de poder discursivo, lo que genera la construcción de imaginarios sociales hostiles hacia quienes tienen una preferencia sexual o identidad de género diversa. 

El estudio “Violencia contra personas LGBTI” elaborado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 2015, indica que la violencia criminal hacia la diversidad sexual es prejuiciada, ya que tiene características de tortura en la que a las personas les son arrancados sus genitales, sus cuerpos son descuartizados y marcados con símbolos que denotan altos niveles de odio.

Ser homosexual es una afrenta cultural, religiosa y en algunos países del mundo, tiene consecuencias legales. De hecho, en siete naciones hoy en día se castiga con la pena de muerte.

Los aportes de análisis sociológicos o de psicología social elaborados sobre la violencia criminal homofóbica, no distan de los que se enfocan a otros sectores sociales como hemos visto en la masacre del pasado fin de semana en El Paso, Texas en contra de mexicanos, en donde un joven anglosajón de 21 años defensor de la supremacía blanca, tiró a matar en contra de decenas de personas latinas, entre ellas, ocho mexicanas.

Lo que motivó al joven fue el odio en torno a la diferencia de los otros con respecto a la suya, de los que vienen de otros lugares y que, de acuerdo a sus propios dichos, “invaden” su país. Detrás de ese pensamiento existen estigmas construidos en contra de la inmigración de mexicanos y latinoamericanos a los Estados Unidos.

En “La verdad incómoda”, texto escrito por el asesino previo a su decisión de ejecutar personas latinas, se obvia el odio intrínseco y cultural: “Este ataque es una respuesta a la invasión hispana de Texas, ellos son los instigadores, no yo. Simplemente estoy defendiendo a mi país del reemplazo cultural y étnico provocado por una invasión”.

Sus palabras denotan el discurso social y político antiinmigrante construido por generaciones en Estados Unidos y que ha permeado en el imaginario colectivo generación tras generación, expresado además en leyes limitativas o punitivas a la migración, pero también ejecutado en políticas públicas y en discursos políticos de épocas electorales en donde se mandan mensajes que promueven la xenofobia social.

Este lamentable suceso, como los que ocurren a diario en contra de personas LGBTTTI, mujeres, trabajadoras sexuales, indígenas, migrantes, indigentes, afrodescendiente y extranjeros en varios países del mundo, nos obliga a reflexionar sobre la responsabilidad de quienes ostentan espacios de poder político, mediático, religioso, e ideológico y que construyen retóricas discursivas de confrontación hacia la diferencia.

No es un secreto la coincidencia entre los presidentes de México y Estados Unidos en este sentido. Ambos usan la retórica del odio, el encono social y la confrontación para defender sus estrategias políticas en contra de quienes no comparten sus idearios y reglas autoritarias: ambos apelan a imaginarios culturales discriminatorios para justifican su actuar político.

¿Qué tanto la masacre de El Paso, Texas fue influenciada por el discurso supremacista de Donald Trump? ¿Qué tanto la incitación al odio cotidiana de López Obrador está gestando conatos de violencia entre sectores en los micro espacios sociales? ¿Hasta dónde llegarán estos dos políticos con su retórica del odio? 

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