Por Jesús Ortega Martínez

Ex Presidente Nacional del Partido de la Revolución Democrática

El presidente López Obrador ha decidido adoptar a la confrontación social como el elemento simbólico de su gobierno, y en realidad no es extraño ese comportamiento, pues si damos un elemental seguimiento a su quehacer político, fácilmente encontraremos que nunca lo ha abandonado.

En algunos momentos ha hecho referencia al amor e incluso, lo ha predicado. “Ama al prójimo como a ti mismo” les ha dicho a sus seguidores y simpatizantes, pero esas prédicas han sido, apenas, momentos fugaces que desaparecen de inmediato y más han sido intentos por distraer o para engañar tanto a contrincantes como a sus aliados. Sin embargo, lo suyo, lo suyo, es confrontar y hacerlo mediante la descalificación, la difamación y el insulto. Así como lo hizo durante décadas como dirigente del PRD, como candidato a gobernador, como candidato presidencial y lo continúa haciendo, consistentemente, como presidente de la República.

Y no es que la confrontación en la que se ha involucrado sea resultado de errores, como afirman algunos analistas, pues en realidad, polarizar a la sociedad es lo sustantivo de lo que podríamos llamar su estrategia política. El ahora presidente supone que solo agudizando al extremo las diferencias es como tendrá siempre de su lado, a una parte de la población. Si divide en dos bandos a los mexicanos asume que los mexicanos con mayor resentimiento social harán fila de su lado; que los agraviados por la pobreza y los abusos, siendo tantos, le apoyarán incondicionalmente; que 23 millones de mexicanos que reciben subsidios gubernamentales o que son parte de programas asistenciales le seguirán fielmente por cualquier rumbo,  así sea el más complejo y el de mayor incertidumbre; y aparte le apoyarían como auténticos cruzados; los grupos de fanáticos políticos y los extremistas ideológicos de su movimiento y de otras fuerzas y grupos que le apoyaron durante la campaña electoral. Con ellos -infiere- gobernará, y con ellos -supone- podría enfrentar a la disidencia, es decir, a la otra mitad de la población.

Lo que no sabe o sabiéndolo no le importa, es que la polarización social o aquella que es de carácter político o religioso ha conducido, invariablemente, a que una parte de la población procura eliminar a la otra. Eso ha pasado a lo largo de la historia, pero en los tiempos más recientes, se pueden traer a la memoria acontecimientos sucedidos durante los años previos a la Guerra Civil Española o durante el gobierno del Movimiento Fascista Italiano, o con los nazis en Alemania o con la Guerra Sucia durante la dictadura militar argentina, y más reciente en Venezuela en donde esa estrategia, la de la polarización social y política, mantiene dividida en dos partes a la población de ese país hermano.

Aunque el presidente está actuando con enorme irresponsabilidad, los actores políticos más sensatos y la ciudadanía consciente y razonable, no deberíamos de permitirle que siga avanzando por ese peligroso rumbo. Antes de que toda acción resulte inútil, ahora es el tiempo para que en el marco de la ley, de manera pacífica desde los espacios de debate y deliberación, desde los de la razón, se construya una fuerza política y ciudadana que impida que crezca, aún más, la polarización.