“Cuando odiamos a alguien,
odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros”


Hermann Hesse

A lo largo de mi trayectoria profesional como psicoterapeuta, me he dado cuenta que todos, al ser espectadores de vida, nos llama la atención tanto de manera positiva como negativa, las anécdotas de las personas, las situaciones que viven y la interacción entre ellas.

En mi columna de la semana pasada, compartí con ustedes un evento que ha movido la conciencia de mucha gente. El impacto que ha causado en la sociedad, nuevamente pone de manifiesto que un mismo evento puede polarizar opiniones, dividir criterios y separar ideologías.

Sin embargo, no he podido dejar de prestar atención a un factor que es un común denominador en toda la interacción social que se ha promovido en la última semana: el odio. El ciberespacio es ese lugar etéreo y virtual, cohesionador y dispersor que a través de lo que se hace llamar red social, se puede adquirir información, real o ficticia; es donde se norman criterios y crean tendencias de pensamiento, se pueden sumar a causas nobles o separar comunidades.

Creo, hasta este punto amigo lector, que reconoces que el cúmulo de información, de criterios y de opiniones, puede requerir la intervención de expertos en temas específicos para intentar acercarnos, lo más posible a lo que se dice verdad. No obstante, no se está obligado a ser expertos para emitir una opinión y más, cuando la opinión es de cómo nos sentimos.

Son muchos los acontecimientos de los que se tienen noticia semana a semana. Desde temas políticos, religiosos, económicos, culturales y sociales, en los cuales se relatan acciones –la mayor parte de ellas– señalando circunstancias injustas, adversas para algunos sectores, donde las opiniones, en su mayoría se caracterizan por ser condenas en un tenor de odio desmedido.

El odio es un sentimiento de rechazo, vivido de manera profunda por quien lo siente. El objetivo es dejar asentado el rechazo total a una persona o circunstancia de forma tal, que pueda provocar en el receptor el mayor daño posible y término de la experiencia de relación en una desgracia.

Cuando en redes sociales leo una noticia, independientemente del impacto que me causa el evento, me llaman la atención los comentarios. Algunos usuarios utilizan estas plataformas para sin medida –y en muchas de las ocasiones sin responsabilidad– dar rienda suelta a sus opiniones que son tendenciosas, mal informadas, con argumentaciones superficiales y profundamente cargadas de odio.

Muchos somos los que nos preguntamos si esto es un fenómeno social. Probablemente lo es. Un experto sociólogo podrá seguramente ahondar más en el tema. Desde mi trinchera, el odio es un sentimiento y al mismo tiempo un proceso personal.

Los valores, según asienta la axiología que es la ciencia que los estudia, menciona que son universales, pero de uso personal. Se pueden inculcar durante la formación de un ser humano, más no se puede hacer un proselitismo para que se asienten de forma impositiva. Se tienen que sentir, procesar y vivir de manera personal.

El odio puede bien ser un antivalor, y en la misma regla, podría ser universal. Más también debería de ser de uso personal.

Las discapacidades emocionales son la falta de habilidad social para entablar relaciones sanas de interacción en la sociedad. El odio, inhabilita la capacidad de establecer contacto con otras personas, pues el elemento principal se encuentra debilitado o no existe: la empatía.

Sentir odio cuando alguien nos ha dañado es naturaleza humana. No se condena su expresión cuando es justificado, cuando es personal, cuando se ha vivido en carne propia. Sin embargo, cuando se utilizan las experiencias de otras personas para poderlo descargar, si bien es un método catártico para fugar este sentimiento, también la falta de responsabilidad de expresarlo puede normar criterios, muchas veces en forma catastrófica, en una sociedad que toma información -muchas veces sin filtros- de redes sociales para asentar una postura ante una circunstancia determinada.

Te invito, amigo lector, a tres reflexiones: la primera a explorar con visión objetiva la información de las opiniones que día a día leemos en redes sociales. La segunda a filtrar esa información a través del hielo de la mesura para anticipar las consecuencias de apoyar una postura ideológica. Y, por último, la tercera: cuestionar de manera personal si se puede vivir impregnándose de la falta de empatía que se permea diariamente en los comentarios mal intencionados.

Confieso, como ser humano antes que terapeuta, que a pesar de tener información académica y profesional respecto a estos temas, también he sentido odio, que he caído en las garras de la información tendenciosa emitiendo opiniones poco asertivas y a veces sin sentido.

La oportunidad de crecimiento que he obtenido, ha sido el darme cuenta de que una postura equivocada, puede acabar con una vida y su circunstancia, gracias al poder de la palabra. Sin pretender ser ejemplo a seguir, la invitación es emprender ese viaje interior que permite sentir la experiencia de ser uno mismo, sin ser copia de nadie.

Nuevamente, como la semana pasada, agradezco tu amable lectura y te invito a que si tienes algún comentario me lo hagas saber a través de mi correo electrónico: fernando.gonzalezt@horizonteabierto.com.mx