Hace poco más de diez años las redes se convirtieron en parte fundamental de nuestra vida, pero también en un círculo vicioso. Una adicción.

Las relaciones sociales cambiaron y ahora una parte de nuestra estructura social está compuesta por usuarios “conectados” de acuerdo a un criterio en común: gustos, intereses, actividades, ideología y un largo etcétera.

Las plataformas que se ofertan a través de Internet son muchas. Algunas, por ejemplo, facilitan la comunicación entre personas que interactúan a través de perfiles creados por ellos mismos, en los cuales dentro de otras funciones pueden compartir fotos, historias, eventos y hasta pensamientos. 

Existen varias investigaciones que demuestran que las redes sociales constituyen representaciones útiles en muchos niveles, desempeñando en algunas ocasiones un nivel crítico en la determinación de la agenda política y social del mundo. 

Otro de los lados oscuro de la Internet, es la exigencia de estándares sociales. Con el paso del tiempo la demanda para cumplirlos es cada vez más alta, así como irreal. La mayoría son creados por las mismas plataformas, que han tomado cada vez más importancia en nuestras vidas. 

Sin embargo, hemos descubierto que el uso de las redes sociales nos ofrecer la imagen deseada para esconder carencias personales o para entrar en competencia con otros usuarios, de tal manera que utilizamos estas plataformas para aparentar. Esto se experimenta sabiendo que lo que publicamos llegará a un receptor que ciertamente no está con nosotros en nuestro día a día, por lo tanto no puede comprobar si lo que decimos es verdadero o falso.

Desde nuestro teléfono móvil podemos construir la realidad que deseamos sea publicada a través de nuestros perfiles para de esta manera generar la imagen que deseamos que los otros tengan sobre nosotros y así satisfacemos ideales.  Lo transformamos en una aparente realidad. 

Con el paso del tiempo nos vamos dando cuenta qué publicaciones tienen más éxito y cuáles menos, de allí partimos para después decidir qué decimos y cómo lo decimos para que estos mensajes cumplan con nuestra expectativa y la de los demás. 

Existen mensajes que generan más “me gusta” y los cuales se comparten con mayor frecuencia. Esto nos provoca una sensación de competencia con otras personas ya que lo que publican nos parece envidiable porque nos muestra la vida que nosotros quisiéramos tener, a lo cual deviene una sensación de fracaso para después pensar que proyectar una vida de éxitos será la solución a nuestros vacíos existenciales. 

Deseamos que nos admiren porque viajamos demasiado, de tal manera que en un viaje capturamos varias panorámicas y en distintas publicaciones decimos que estamos en un lugar distinto del país. ¿Para qué viajar entonces si ya tienes la atención de los demás?

De esta manera utilizamos a las redes sociales como una especie de escudo ya que nuestros seguidores no verán las partes negativas sobre nosotros si no se las mostramos,  así que se nos vuelve una costumbre fingir para ser más auténticos.  Decidimos que nuestros seguidores nos admiren por llevar una vida saludable y hacer ejercicio lo que implica comprar ropa deportiva, salir a la calle y, posteriormente, publicar esa foto diciendo que corrimos diez kilómetros. ¿Para que hacer ejercicio si ya logramos la admiración de los demás?

En la actualidad es un peligro conocer a una persona a partir de las fotos que sube a sus perfiles ya que a través de estas controlan de manera perfecta la imagen que ofrecen a los demás.

¡Vaya manera de mostrar quiénes somos en realidad!

Las consecuencias que tienen este tipo de prácticas sobre un estilo de vida construido a través de publicaciones falsas es la generación expectativas de éxito inalcanzables para otros usuarios que serán capaces de hacer todo lo posible para alcanzar estos estándares. Cuando lo logran se genera una sensación de invisibilidad, fracaso y frustración, que termina por convertirse en un círculo vicioso que puede llegar a desencadenar depresión y, como ha provocado ya en algunos casos, llegar al suicido al desarrollar una dependencia a la admiración de los demás a través de periodos de satisfacción  muy cortos y sensaciones interminables de fracaso.

Si dedicáramos el tiempo que invertimos en fingir estilos de vida auténticamente falsos, a construirnos en la vida real, no nos causaría una adicción aparentar quiénes no somos en la vida real, sabríamos ejercer con responsabilidad estas plataformas que pueden ser herramientas eficaces de información para la sociedad.

Es una paradoja que ahora que estamos más conectados solemos fingir para parecer más auténticos y en la medida que esto aumenta más solos nos sentimos.