“Las personas agradecidas tienden a estar satisfechas con lo que tienen y por eso son menos susceptibles a emociones como la decepción, el arrepentimiento y la frustración”.

Robert C. Roberts

De las labores más difíciles del ser humano, es reconocer las virtudes – acciones y habilidades positivas – de una persona. Los usos y costumbres en nuestra sociedad, permiten con base en estereotipos, normas y reglas pre establecidas, mostrar prejuicios y hacer juicios de valor sobre aquellas personas que tienen un área de oportunidad.

He compartido con ustedes, amigos lectores, aquellos preceptos que, mediante juicios de valor muchas veces desde la rigidez de la personalidad, hacen tomar una postura condenatoria. Se condenan las actitudes, las apariencias, las emociones y los sentimientos sin ponernos en los zapatos del otro.

Comenté con anterioridad que llamaba mi atención algunos sentimientos expresados frecuentemente en redes sociales. Confieso que, gracias a las tendencias mediáticas, llamó más mi atención el sentimiento y expresión del odio.

De las redes sociales, también reconozco que existen expresiones de solidaridad, de reconocimiento y gratitud hacia algunos hechos de los seres humanos. Esas publicaciones donde comparten la desaparición de una persona y en el hilo descubrimos que fue encontrada gracias a la labor comunitaria de irla pasando de muro en muro; esos perros o gatos que son encontrados; esos animales rescatados de condiciones adversas donde se exalta la bondad humana de ayudarles: eso da al ser humano esperanza y se agradece que esos sentimientos sigan sobreviviendo en la selva moderna de la sociedad.

En mi formación profesional y personal, el reconocimiento hacia otro ser humano siempre formó una parte esencial de mi desempeño. Nunca dudé de usarlo en mis intervenciones psicoterapéuticas; ahora quiero compartir con ustedes la historia de un grupo, que hace algunos años me enseñaron el poder emocional del reconocimiento y el aprendizaje de la gratitud.

Como psicoterapeuta, frecuentemente realicé intervenciones de desarrollo humano en grupos con procesos de capacitación e inducción en ciertas empresas. Por razones obvias, no compartiré el lugar ni la empresa; baste decir que una cadena importante de restaurantes estaba preparando la apertura de una nueva unidad.

El curso de inducción, contemplaba tres días de desarrollo humano con la intención de sensibilizar al personal de la importancia de la buena convivencia para un buen ambiente laboral y una buena productividad. Realizaba ciertos ejercicios de integración, comunicación asertiva e implementación de habilidades sociales positivas para una convivencia sana.

Recuerdo un grupo numeroso en el que estaban representadas todas las posiciones requeridas para la operación eficiente de un restaurante. Gerentes, ayudantes de cocina, chefs, cajeros, meseras, garroteros, todos tan importantes unos como otros, todos interesados en ser una verdadera familia empresarial.

En un ejercicio de sensibilización, comenté al grupo que una habilidad era saber pedir ayuda y estar preparados para una respuesta positiva o negativa. Estar preparados psicológicamente para cada respuesta implicaba que, con sanidad y madurez, no afectara la relación laboral que guardaban entre sí. Lo importante era la intención de saber pedir y esperar – sin expectativas – la respuesta.

Llamó mi atención en particular un garrotero, que por su apariencia física era probable que hubiera prejuicios hacia su persona. No tenía una participación activa dentro del grupo, pero si notaba su atención hacia los temas tratados.

Cuando decidió participar, cuestionó la validez que él hiciera una petición al grupo, reconociendo públicamente que todos estaban en la libertad de aceptar o no a su petición.

Mencionó que su nuevo trabajo era el inicio de una nueva vida para él. Estaba consciente que el camino que le esperaba era largo y arduo. Sin embargo, él tenía un sueño. Siempre había deseado ser reconocido sólo por ser él. Y el reconocimiento que nunca había tenido y deseaba profundamente, era recibir un aplauso por ser una persona con ganas de superarse. Y procedió a pedirlo digna y humildemente.

Ante ese discurso, el numeroso grupo de más de 120 personas, procedió sin demora ni pretexto a ponerse de pie y aplaudir de manera fuerte y efusiva. El ruido de los aplausos traspasaba las paredes y llenó de energía el lugar. La emotividad de tal respuesta propició emoción y llanto en los presentes. Ese momento – que pareció eterno – sólo duró 20 minutos.

Comparto con ustedes, amigos lectores, que no podré nunca olvidar el rostro de aquel muchacho. Con aquel emotivo y largo aplauso, supongo que su mente explotó en sorpresa. Pero sus ojos reflejaron el agradecimiento de haber cumplido un sueño que muy probablemente en otro contexto no hubiera podido realizar en esa etapa de vida.

Aprendí que reconocer a un ser humano es un regalo de vida para quien lo recibe, pero también para quien lo otorga. Cuando una persona es vista en su integridad, nace ese agradecimiento que propicia gratitud: una emoción positiva que nutre a la humanidad.

Como cada ocho días, agradezco tu amable lectura y te invito a que si tienes algún comentario o sugerencia, me lo hagas saber a través de la sección de comentarios o a mi correo electrónico; fernando.gonzalezt@horizonteabierto.com.mx